En un pequeño pueblo en las afueras, las noches cobraban vida con susurros siniestros y sombras inquietantes. Los lugareños sabían que algo acechaba en la oscuridad, pero pocos se atrevían a enfrentar la verdad. Una noche, cuando la luna llena iluminaba el cielo, un forastero llegó al pueblo, ajeno al oscuro destino que le aguardaba.
El forastero, un viajero cansado llamado Jonathan, buscaba refugio para pasar la noche. Los aldeanos, con miradas temerosas, le indicaron la posada al final del camino. Sin conocer el pasado tenebroso del lugar, Jonathan agradeció y se encaminó hacia la posada.
Al llegar, la dueña, una anciana de ojos hundidos, le ofreció una habitación en el segundo piso. La noche avanzaba, y el pueblo quedaba sumido en un silencio inquietante. Sin embargo, a medida que Jonathan se sumía en el sueño, fue despertado por un susurro en la oscuridad.
Salió de su habitación y se encontró con un pasillo iluminado solo por la luz de la luna. De repente, sombras alargadas se movían por las paredes. Intrigado, Jonathan siguió los susurros que le llevaron a una puerta entreabierta al final del pasillo.
Detrás de la puerta, descubrió una sala secreta donde los aldeanos, convertidos en vampiros, celebraban un festín nocturno. Sus ojos brillaban con un hambre insaciable mientras se deleitaban con la sangre de los desprevenidos. La anciana dueña de la posada lideraba la macabra festividad.
Paralizado por el horror, Jonathan retrocedió, pero el crujir de una tabla del suelo lo delató. Los vampiros se volvieron hacia él, sus ojos rojos brillando con sed. En un instante, Jonathan se vio rodeado, incapaz de escapar de las garras de la noche.
La anciana se acercó con una sonrisa malévola y dijo: "Bienvenido al festín nocturno, forastero. Tu sangre será nuestro elixir". Las sombras se cerraron sobre él mientras la luna llena presenciaba el oscuro banquete que había sellado el destino del pueblo y de Jonathan en la noche eterna.
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